
Durante veinticuatro horas seguimos la vida laboral, familial y social de una ama de casa. Una mujer con una vida insulsa que al llegar la noche decide escapar de su rutina, fuga que dura toda una noche, encontrándose con un nuevo mundo absurdo y cómico.
El insulso Javier Rebollo dirige una película llena de carga social con Carmen Machi como protagonista.
Cuando Henrik Ibsen publico Casa de muñecas, toda la denuncia contra una sociedad machista, que tenía subordinada a la mujer a un papel secundario, banal y de sumisión al hombre, entró como un puñetazo en el estomago, e hizo que se reflexionara sobre el tema, hubo de pasar muchos más décadas para que la sociedad se concienciada de una igualdad entre hombres y mujeres que era necesaria y que estaba tardando en llegar.
Hoy día esa igualdad que tantos autores en el pasado han denunciado se ha conquistado en las sociedades desarrolladas, mientras que en otras la igualdad continua brillando por su ausencia.
Una mujer sin piano llega con un tema desfasado, lo que una vez fue un puñetazo en el estomago, hoy no pasa de ser una acaricia. Nadie va a machacar a una mujer por pedir el divorcio, ni por trabajar fuera de casa, ni por aspirar a algo más que planchar pantalones… de esta manera la “denuncia” de Una mujer sin piano se queda en una anécdota, en una película que se estrena con décadas de retraso.
La formula que aplica Javier Rebollo es predecible, cliché y podríamos enumerar una serie de títulos y autores que lo hacen mucho mejor. Pero el tuerto es el rey de los ciegos, y eso es lo que ocurre con esta película, que observando el panorama actual de estrenos patrios, Una mujer sin piano destaca y gana premios, además merecidos, por que es la menos mala. Es un querer y no poder por parte de su autor.
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